miércoles, 30 de septiembre de 2015

LA OPACIDAD INCIERTA

Cuando el sacerdote abandonó la estancia un vacío yermo se instaló en el corazón de la doncella. Alesia respiraba pausadamente. Curiosamente no temía por lo que pudiese ocurrirle: la paz de Ulías le atemperaba el espíritu. El recuerdo de Utar era su fuerza. La luz blanca de Aedes, que se filtraba a hurtadillas desde el exterior, exaltaba su coraje.
Viajero, poeta, cuando no encuentres las cumbres heladas, cuando tu camino esté lleno de espinos y las piedras quiebren tus pies descalzos, mira piadosamente a la luz que te da la vida. Bajo este resplandor bendito, la sensualidad de las sombras dará cobijo a tus voluntades. Palabras que vienen del silencio, cuando los amantes están tan distantes, acercad vuestra sabiduría para generar consuelo, para que seáis bálsamo de las temidas penas. ¡Corramos el velo imperceptible de la noche funesta! Y hablemos de arte y poesía, que nos aportan recuerdos bellos de cuando nos amábamos sin tregua.
Los pensamientos de Alesia se estancaban en la opacidad incierta de su existencia. Todo este cúmulo de sentimientos no lo percibía de forma consciente, sino como en una lejanía que la tenía hundida en un pozo de lóbregas emociones.

Ni el miedo ni la incertidumbre acompañan al animal moribundo. Quién espera su fin, exhausto y sin esperanza, muchas veces pierde. Otras veces gana en este insulso combate contra los elementos oscuros. Ante los asesinos, la dignidad del virtuoso responde serenamente. La muerte ha sido creada por el hombre.

                                                              De la novela "Liturgias imperfectas"

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