martes, 17 de mayo de 2016

MIEL DE PRIMAVERA: NUEVOS ENIGMAS DEL CÓDIGO OLFATIVO

         

La activación de los receptores olfativos por medio de moléculas odorantes se produce mediante un mecanismo basado en la forma. Se trata en una interacción del tipo enzima-sustrato. Así es como lo cree la mayor parte de la comunidad científica.
La teoría vibracional propuesta por el biofísico Luca Turín en 1996 señala que los receptores olfativos captan selectivamente la energía vibracional de las moléculas odorantes. Desde entonces existe una gran controversia sobre ese tema, sin que de forma definitiva se haya cerrado el debate.
Recientemente, en febrero de 2016, un grupo de científicos italianos de la universidad de Trento, encabezados por Marco Paoli han publicado un interesante trabajo que aporta nueva luz a la citada discusión. Han comprobado en abejas que isómeros isotópicos de moléculas odorantes activan glomérulos olfativos distintos de sus homónimos no deuterados. (Dos isómeros isotópicos difieren entre sí únicamente en que sus átomos de hidrógeno han sido sustituidos por átomos de deuterio, un átomo idéntico al hidrógeno, pero con doble masa.)
Han verificado asimismo que todos los glomérulos de las abejas son sensibles, aunque débilmente,  a la detección de odorantes isotópicos y que solo una parte de ellos son enérgicamente sensibles a ese tipo de detección. El citado mecanismo de activación no es sustitutivo del formista, sino que podría ser una variante o  simplemente un complemento del mismo.
 Cuando se trata de moléculas muy parecidas, como los isómeros isotópicos,  entra en juego una nueva forma de descubrir olores. La conclusión de este trabajo permite a los autores del mismo insinuar que es posible que el mecanismo por el que las abejas captan las moléculas odorantes sea del tipo vibracional. Algunos trabajos recientes de otros autores también apuntan la posibilidad de procesos diferenciadores de moléculas odorantes isotópicas en seres humanos.


Llegados a este punto, nos preguntamos lo siguiente: ¿En nuestra atmósfera existen odorantes deuterados en abundancia?
La respuesta es no. Entonces, ¿qué sentido biológico posee tal tipo de descubrimiento?
Para contestar a esa segunda cuestión consideremos la siguiente hipótesis: “El mecanismo de diferenciación entre moléculas odorantes deuteradas es un mecanismo obsoleto y no funcional. Ello significaría que el citado mecanismo, generado por evolución, estuvo operacional en tiempos pretéritos. Actualmente ha quedado en desuso, pero sigue estando ahí, en el genotipo de algunos seres vivos.”
Téngase presente que aunque ciertos isótopos, en condiciones de laboratorio activen glomérulos del lóbulo antenal de  las abejas, no significa que éstas en su vida cotidiana, vayan por el campo oliendo tales isótopos. Tampoco sabemos que sucede cuando se activan in vitro tales glomérulos: ¿Las abejas huelen algo? Si el mecanismo está realmente obsoleto, lo más probable es que no experimenten ninguna sensación olfativa.
 Ahora nos surge una nueva cuestión: ¿Cuándo apareció esa habilidad para diferenciar isótopos en las abejas?
Proponemos una nueva hipótesis: “Posiblemente surgió en el proceso de evolución de los primeros insectos, hace más de 300 millones de años, en el llamado periodo Devónico. En aquellos tiempos posiblemente el deuterio era bastante más abundante que ahora en la atmósfera terrestre, a consecuencia de la eclosión del Big Bang, y no sería extraño que ciertas plantas sintetizasen moléculas odorantes, como las de la rosa, el clavel o el jazmín incorporando deuterio a su savia. La evolución permitió  la discriminación  de sus homólogas no deuteradas. Las abejas, cientos de millones de años más tarde, heredarían de los primeros insectos esa capacidad olfativa tan especial.”


Tras todo lo expuesto, queda aún en el aire la pregunta de si la capacidad de las abejas de distinguir isótopos odorantes obedece a la teoría vibracional de Luca Turín. Creemos que deberían realizarse nuevos ensayos de laboratorio, verificando por ejemplo el papel del NADH o el Zn +2  , argumentados por el biofísico italiano como elementos clave de su hipótesis, para responder afirmativa o negativamente a esa cuestión.
 En cualquier caso parece que las abejas del Cretácido temprano  preferían elaborar su miel con flores menos contaminadas con elementos pesados, como el aún entonces joven isótopo del hidrógeno. La evolución les permitió elegir lo que más les convenía. Posiblemente aquella miel de primavera, sabrosa y nutritiva, era más digestiva para las larvas de las abejas que la procedente de plantas con deuterio en sus venas.


A continuación resumo brevemente los fundamentos de las teorías formista y vibracional. Recomiendo asimismo dos artículos bibliográficos para que quién lo desee pueda profundizar más en el tema.
El modelo formista de  reconocimiento de moléculas odorantes por parte del sistema olfativo se fundamenta en ciertas propiedades de esa clase de moléculas, como el tamaño, la forma, la carga eléctrica y el carácter hidrofóbico de las mismas. Se trata de un modelo tipo llave-cerradura en el que la molécula odorante (ligando) interacciona con el receptor olfativo, una proteína 7-membrana, anclada en la pared celular de la neurona olfativa.
El proceso consiste en la activación del receptor olfativo mediante un cambio de conformación  de la estructura de la proteína que constituye ese receptor olfativo. Esta fase previa desencadena una cascada de reacciones enzimáticas y la formación de un impulso eléctrico que se transmite por el axón neuronal hasta un glomérulo,  o lugar de concentración de impulsos neuronales, en el bulbo olfativo.
El bulbo olfativo es una zona cerebral en el que se almacenan los glomérulos, algo así como el aparador que clasifica ordenadamente los distintos tipos de aromas y perfumes que percibimos.
La interacción de las neuronas del bulbo olfativo con otras de distintas partes del cerebro constituye los diferentes mapas de sensaciones olfativas. Cuando notamos un olor significa que se ha iluminado uno de esos mapas, formado por cientos de miles de conexiones sinápticas entre neuronas. En realidad las moléculas odorantes son inodoras y solo sirven como llave que activa las sensaciones olfativas, toda una paradoja. Nosotros olemos con el cerebro.
En el ser humano existen 347 receptores olfativos funcionales y unos 650 que son inoperantes. Esto se debe a que en la familia de genes que codifican las proteínas la mayor parte de los mismos son pseudogenes, o genes que han perdido su funcionalidad, posiblemente a lo largo de la evolución. Esta familia de genes que codifican los receptores olfativos fue descubierta en 1991 por los americanos Richard Axel y Linda Buck. Por ese trabajo recibieron en 2004 el premio Nobel de medicina y de fisiología. Asimismo trabajos posteriores de ambos mostraron cómo funciona el olfato siguiendo una reglas parecidas a la capacidad ilimitada de combinación de los dígitos de un candado.
En la teoría vibracional propuesta por Luca Turín, la nariz se comporta como un espectroscopio biológico. Las moléculas odorantes vibran debido a sus enlaces atómicos. Cuando son excitadas con la energía del coenzima NADH, una  cantidad concreta de energía liberada, es captada selectivamente por los receptores olfativos, gracias a un complejo mecanismo cuántico de efecto túnel inelástico.



Bibliografía:

-                    Bridging the Olfactory Code. Francesc Montejo. Perfumer and Flavorist. July 2009. Vol.37, nº 7.
-                    Differential Odour Coding of Isopomers in the Honeybee Brain. Marco Paoli et al. Scientifics reports. University of Trento. February 2016.








No hay comentarios:

Publicar un comentario